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Cuando el afán de poder daña a la sociedad

Eduardo Fidanza
Eduardo FidanzaPARA LA NACION
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23 de marzo de 2019  
En principio, y cuando las constituciones lo permiten, es legítimo e incluso conveniente que los presidentes busquen la reelección o los expresidentes aspiren a regresar al gobierno. Entre las justificaciones para hacerlo se cuentan, para los mandatarios en ejercicio, la necesidad de completar la tarea emprendida en el primer período, y para los que quieren volver, la intención de corregir políticas erradas en las que, según su entender, pudieran haber incurrido sus sucesores. Esto sucede en las democracias saludables del mundo y si los líderes son sensatos contribuye a la solidez del sistema. Sin embargo, cabe preguntarse, observando la evolución de la precampaña electoral argentina, si las principales fuerzas que participan están manteniendo la legitimidad o precipitándose a una carrera plagada de errores, ocultamientos y manipulaciones que podría terminar afectando los lazos sociales e incrementando el resentimiento de los votantes. No hay que olvidar que cada uno de los principales líderes que compiten cosecha el rechazo de la mitad de los electores.
La presunción de que la disputa presidencial podría convertirse en una ciénaga plantea reservas éticas y pragmáticas que expresan una preocupación: si el afán de poder no guarda racionalidad pone en riesgo el sistema político y lesiona la sociedad. En esta discusión es central la célebre distinción weberiana entre ética de la responsabilidad y ética de la convicción. Para Weber, el político que se desempeña dentro de un marco institucional no puede eludir el examen de las consecuencias que sus acciones tendrán para el conjunto. La ética de la responsabilidad consiste en controlar los efectos nocivos para las instituciones. Por eso, esta ética no debe confundirse con la corrección moral. Ella exige, al contrario, discernimiento y mesura a los líderes políticos, debido a que luchan por un objeto en cuyo trasfondo late la posibilidad de destrucción. Se pregunta Weber: "¿Podrían ser las exigencias éticas a la política tan indiferentes al hecho de que esta opera con el poder, un medio muy específico tras el que está la violencia?". El sociólogo alemán no era un idealista. Pensaba en el interés nacional y en preservar una incipiente democracia del combate entre los representantes de una supuesta nueva ética y los demagogos de la izquierda. Ambos bandos disputaban el poder sin que les importaran los daños ocasionados.
Si del plano ético se pasa al plano pragmático pueden señalarse dos campos afines donde la disputa entre Macri y Cristina podría tener consecuencias perjudiciales para el sistema: la concepción de la economía y la calidad institucional. Si se considera la economía se advierten dos visiones opuestas colmadas de inconsistencias y desprecio por los resultados. Importa más el poder que los perjuicios. Por empezar, la expresidenta insiste, con gestos o palabras, en una visión contestataria y conspirativa del capitalismo que la condujo a distorsionar la macroeconomía, provocar estancamiento, dificultar los negocios y perpetuar la pobreza. Sus convicciones semejan las diatribas de la izquierda de la década del setenta, aunque esta todavía poseía una ilusión: la existencia del socialismo soviético. Medio siglo después, la versión actual de Cristina, flanqueada por Maduro y Castro, recuerda El 18 Brumario de Marx por aquella frase memorable: lo que fue tragedia regresa como farsa.
La política económica del Gobierno, aunque bajo otros modos, comparte el mismo sesgo. Privilegia los fines sobre los medios desdeñando las consecuencias. Parte de la premisa de que si aumenta el dólar debe resignar el poder. Se obsesiona con la cotización, pero no ve la desconfianza. Entonces juega todo a que no se dispare la divisa, y con ese objetivo utiliza un arma letal para la sociedad: altísimas y prolongadas tasas de interés. Con este instrumento el Gobierno arriesga una consecuencia indeseable, que invierte El 18 Brumario: podría conducir a la tragedia, no a la farsa. Además, queda atrapado en una paradoja suicida: premia con intereses siderales a los pocos que compran dólares para que se queden en pesos y destruye la retribución que aguarda la multitud de votantes bajo la forma de trabajo, estabilidad de precios y crecimiento.
Por último, resta considerar la calidad institucional. Lamentablemente para los que se hicieron ilusiones, el caso D'Alessio refuerza la presunción que tienen muchos investigadores de la corrupción: se trata de un fenómeno estructural que por su naturaleza establece una continuidad entre los gobiernos. Los lazos que vinculan a los involucrados avalan esta hipótesis. Por eso, en ciertos casos, no hubo grieta entre la administración actual y la precedente. Las transacciones ilegales no distinguen entre populistas y republicanos.
En este contexto, no debe sorprender el surgimiento de alternativas políticas. Ellas, antes que ver con el nombre de personas, expresan el reflejo defensivo de una sociedad que no quiere ser dañada.

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