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CUANDO EL ASOMBRO SE TRANSFORMA EN TERROR
Se ha dicho muchas veces que
el ser humano no pierde su capacidad de asombro y que esa posibilidad de
asombrarse ante lo nuevo, lo original, hace que el ser humano aprenda durante
toda su vida. De ahí que los niños sean quienes más ejercitan esa inocente y
casi constante actitud de asombro que les permite ser más permeables a la
adquisición del conocimiento.
Por eso, cuando un adulto se
asombra, aparece también esa alegría que da el aprender “cada día una cosa
nueva” como reza un viejo apotegma. Los avances científicos, médicos tecnológicos
e informáticos son prueba irrefutable de ello.
Pero cuando el asombro surge
ante hechos negativos, el resultado es inversamente proporcional, pues no es el
Bien (así con mayúsculas) el que nos hace admirarlo sino el Mal, encarnado la
mayoría de las veces en los mismos seres humanos.
En la Historia de la
Humanidad han aparecido reiteradamente ejemplos significativos y tristemente famosos de esos seres
repulsivos. Guerras, torturas, persecuciones, destrucción, calumnias, infamias,
deslealtades…en fin toda la gama del Mal, encarnadas y producidas por Hombres y
regímenes enteros al servicio de esas calamidades históricas.
Entre las mismas y para no
irnos más allá del siglo XX, podríamos citar la influencia hipnótica que
Grigori Rasputin ejerció sobre los zares de la dinastía Romanov que terminaría
con su asesinato en 1916 y la posterior caída del régimen monárquico ruso en
1917. En nuestro país podríamos citar la nefasta influencia de José López Rega
(a) “El Brujo” sobre el final de la vida del General Perón y el posterior
gobierno de su esposa, María Estela Martínez (a) “Isabel” que terminara con el
pueblo reunido en la Plaza de Mayo exigiendo la separación del entonces
Ministro de Bienestar Social e íntimo asesor de la entonces Presidenta. La
separación ocurrió pero el oscuro personaje salió del país con garantías de
inmunidad.
Hoy la Historia, que es
cíclica, nos muestra en nuestro país, a un Secretario de Comercio con hiperpoderes
que dispone a su arbitrio de los bienes de ciudadanos, empresas y funcionarios.
Se supone que con la anuencia de quienes están sobre su jerarquía. De lo
contrario no podría entenderse tanta soberbia y prepotencia amalgamadas.
Sólo así puede entenderse
que haya dispuesto que las empresas comerciales puedan hacer publicidad en
algunos medios periodísticos y no en otros. ¿Cómo se llama esto? ¿Odio? ¿Discriminación? Cualquiera que sea la
respuesta, es repugnante a la libertad.
Pero como si esto fuera
poco, dos legisladores han presentado un proyecto de ley para expropiar lisa y
llanamente la empresa que provee de papel a los pocos periódicos independientes del Poder Central que quedan en
pie. ¿Cómo se llama esto? ¿Persecución? ¿Censura? Cualquiera que sea la respuesta, también es
repugnante a la libertad.
Todo esto nos asombra pero
es tal la magnitud del asombro que nos introduce ya en el terreno del miedo,
del terror. Ejercer ese miedo para amilanar los espíritus de los que piensan
distinto se llama TERRORISMO, provenga de donde provenga.
Difícil el momento
histórico en que el asombro ya no alcanza y se transforma en terror.
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