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MORALINA,NO. ÉTICA, SÍ.
En el artículo 14 de la
Constitución se enuncia el derecho que tienen todos los habitantes de la Nación
de enseñar y aprender.
Es uno de los derechos
humanos fundamentales y gracias a su aplicación se deriva la libertad de
cátedra, sobre todo en los claustros terciarios y universitarios, donde los
docentes pueden dar los enfoques sociales, políticos y culturales que defiendan
y los alumnos tengan la absoluta capacidad de decidir en cuáles de las cátedras
inscribirse o no.
Pero cuando desde el
Ministerio de Educación de la Nación se distribuyen libros para ser entregados
a todos los alumnos de las escuelas públicas, se está imponiendo una
orientación unidireccional. Y eso no es bueno para las libertades.
Sobre todo cuando se trata
de los niveles secundario y primario. Y más aún cuando los contenidos de esos
libros rozan la chabacanería, la pornografía, la escatología. En definitiva, el
mal gusto.
Eso es lo que ha ocurrido en
la provincia de Mendoza. El Ministerio de la Nación envió libros para repartir
en las escuelas, con las características antes mencionadas.
Se ha mezclado
peligrosamente lo cotidiano con lo académico. La Escuela debe orientar,
informar, formar, abrir mentes y caminos. Eso no implica desconocer que en los
ámbitos familiares o de amigos, el adolescente pueda elegir ver o escuchar los
programas que les plazca o compartir los chistes con los que todos podemos
llegar a divertirnos.
Lo peligroso es mezclar esos
ámbitos e igualarlos. No en vano, el Ministerio se apresuró a desdecirse y
aclarar que la distribución no era “obligatoria”.
La Argentina que años atrás
mostraba un orgulloso nivel en la formación académica. Hoy, en las pruebas
internacionales de evaluación ha descendido vergonzosamente.
No es casualidad.
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